La última vez que lo vi y pude hablar con él, al final, tuvieron que sacarme cargando del lugar y él no me dejaba de mirar, afligido, mientras yo le repetía una y otra vez de manera dramática:
- ¡Soy tu hijo! ¿Por qué me has abandonado?
Todos, naturalmente se reían y yo hasta llegué a disfrutarlo. Momentos después, fuera de su vista comencé a desafiar a todos, les injurié, les maldije, en fin, hasta les golpeé. Yo lo entendí así: la ausencia de Dios frente a mí me había convertido en un ser salvaje y violento sin consideraciones de ningún tipo para con el resto de los de nuestra estipe. No lo sé de cierto, pero me imagino que él me miraba desde las alturas, instalado en el balcón del departamento donde toda esa borrachera había empezado. Él, siempre mirándonos desde lo alto.
Nunca hemos sido amigos, pero tenemos uno en común a traves del cual nos conocimos y llegamos a vernos. Desde su aparición no ha resultado un sujeto ordinario. La primera vez que se levantó para decir su nombre frente a un grupo en el Bachilleres 2 decidió autodenominarse "Juan de Dios", de ahí fue "dios" pa todo y pa todos. De eso ya tiene un buen rato, pero hace unos meses que andábamos por ahí vagando, terminamos en una pachanga donde no conocíamos a nadie mas que a un cuate que venía de Australia a andar de vacas por acá, y así, dos tres güeyes más por ahí que lo conocíamos y párale de contar. El resto era la banda reunida chupando, bailando y echando desmadre.
La noche se fue ligera entre caguamas en vaso (tamaño caguama, por supuesto) hasta ya entrada la madrugada, donde llegamos al punto de retorcernos con "Rock the Casbah" y otras rolas ochenteras. Había en esta convivencia una especie de emoción que contradecía a su vez el dejo de placer instantáneo e insignificante que ésta revivía de nuestra adolescencia prototípicamente equis. De pronto, aquella anti-identidad particular que identificó una generación entera, volvió ante mis ojos con ese sabor que acompaña a la nostalgia; fue volver a sentir la desazón enfadada de tener dieciseis a diecinueve años frente al mundo al final de los noventa; la esperanza de vivir sin esperar nada durante tres o diez años procurando morir a cada instante; el deseo vehemente que desconecta al sujeto del flujo cotidiano dejándolo en calidad de cuerpo, cual caparazón o insecto reseco y deshidratado tras quedar atrapado entre el medallón y el fieltro de un automóvil, convertido en momia indigna que nunca comprendió cómo es que teniendo frente a sí la salida, esa nada aparente de un cristal nunca le dejó salir, y ahora mira con la dolorosa mirada del sin dolor.
Sin embargo, lo que para mí es recuerdo, en los ojos de Dios es aún el día a día. Instalado en su ruina, convencido de lo malogrado de su obra, aún conserva la soberbia de proclamarla suya y de saber que eso que lo tiene así es lo mejor que puede esperar de sí mismo. Mira y no llora, mas puede hacerte llorar con su mirada ante algo que le es indiferente y, por eso mismo, le duele y le hace llorar cuando, al final de la peda, tras una visión de puesta de sol en un amanecer a las 6 de la mañana, bajo el puente del cruce entre río Churubusco y casi avenida Universidad, después de reafirmar su voto de no comer carne porque con lo que se alimenta a una vaca se podría alimentar una buena cantidad de personas que no tienen acceso a comprar carne para comer, en un acto que podría ser tomado por locura considerando las largas horas sin alimento que precedían a ese momento así como el hecho de que estamos hablando de las famosísimos Chupacabras, se subió al auto de nuestro anfitrión y, mientras éste nos conducía a nuestros hogares, derramó sus primeras palabras al respecto de su vida etérea amenazada por los fuegos de este infierno al que siempre había mirado hacia abajo y con desprecio: el amor, la vida cómoda, la necesidad: la necesidad de amor y la necesidad de su amor, la comodidad del amor y la comodidad de su amor, el amor a la comodidad y el amor de su amor a la comodidad... la necesidad, la necesidad... y la necedad, siempre la necedad. Y lloró.
Las únicas palabras precisas que recuerdo de aquella ocasión, otra vez, como las primeras que recordé al principio de esta historia, fueron "¡no mames!, y ¿sabes lo que yo siento, cabrón?" Con eso, la deidad se desplomaba inundada por lo único que, quizá, no puede controlar: su sentimiento por sí mismo ante la tentación de lo que lo tienta a sentir y entrar en el mundo de los pedestres. Eso fue justo antes de que se despidiera añorando entrar a la casa de los padres de su novia, ese cielo confundido con infierno en donde vive con ella, para poder darse un gallo.
Nuestro anfitrión, a quien también podríamos considerar apóstol, concluyó la eucaristía diciéndome:
- ¡No mames, wey, y nosotros nos quejamos, wey! Pero ahí es donde uno dice: ¡no mames!, ¿a nosotros qué nos ha faltado?
Y yo, embriagado como estaba de la sangre derramada en esa noche, casi le creí.
¡Salud, en el nombre de Dios! O, como diría otro sabio "¡Salud, salud, salud!"
(He vuelto)
lunes 6 de agosto de 2007
domingo 15 de abril de 2007
Un momento Coca-Cola
Así, wey. Pues ese día estuvo de la verga. Me había llamado un cuate para conectarme una chamba; que me iban a pagar el triple e iba a andar viajando por el pais. Le dije que, al chile, no, porque estaba contento en mi trabajo aunque no pagaran chido.
Cuando iba aterminar la prepa no sabía a qué chingados me iba a dedicar. Entonces mi jefa me llevó a hacer un psicométrico, según que para averiguar. El resultado decía que yo podía ser o fotógrafo, o entrenador de futbol. Neto, no lo quise creer, sobre todo, wey, porque dije "no mames, wey, qué pinche trabajo voy a tener como fotógrafo y cuánto varo puedo ganar".
Pus acabé la ingeniería, wey, me encontré una chamba y me salí porque no me gustaba el ambiente, ni cómo me trataban. Y luego, wey, así, por pura pinche casualidad, wey, llegué a esta pinche empresa donde rentan equipo de filmación. No mames, wey, amo la pinche fotografía, cabrón, y´ora tengo mucho que ver con ese pedo.
Ya en la noche, wey, me acababa de cambiar p´acá con este cabrón, y estabamos sentados aquí en la mesa, wey. Vimos que juntabamos como diez pesos entre los dos y decidimos que nos íbamos a cenar una Coca-Cola, ca. Y así wey, nomás nos quedabamos viendo el uno al otro hasta que se acabo la pinche Coca.
Historia extraida de la antología de experiencias del "Bajón"
Cuando iba aterminar la prepa no sabía a qué chingados me iba a dedicar. Entonces mi jefa me llevó a hacer un psicométrico, según que para averiguar. El resultado decía que yo podía ser o fotógrafo, o entrenador de futbol. Neto, no lo quise creer, sobre todo, wey, porque dije "no mames, wey, qué pinche trabajo voy a tener como fotógrafo y cuánto varo puedo ganar".
Pus acabé la ingeniería, wey, me encontré una chamba y me salí porque no me gustaba el ambiente, ni cómo me trataban. Y luego, wey, así, por pura pinche casualidad, wey, llegué a esta pinche empresa donde rentan equipo de filmación. No mames, wey, amo la pinche fotografía, cabrón, y´ora tengo mucho que ver con ese pedo.
Ya en la noche, wey, me acababa de cambiar p´acá con este cabrón, y estabamos sentados aquí en la mesa, wey. Vimos que juntabamos como diez pesos entre los dos y decidimos que nos íbamos a cenar una Coca-Cola, ca. Y así wey, nomás nos quedabamos viendo el uno al otro hasta que se acabo la pinche Coca.
Historia extraida de la antología de experiencias del "Bajón"
miércoles 14 de marzo de 2007
El Pesebre
Este es el marzo número noventa y dos que mi abuelo ve pasar en su vida. El día de su fiesta no podía faltar a la cita anual de principios del mes. De pronto, la voluntad oculta de la dolce vita irrumpió con su ya conocido estrépito. Sonó mi celular y entré en comunicación con las acostumbrados comparsas:
-¿No vas a venir a mi carne asada, mierda?
- Es cumpleaños de mi abuelo, carnal. Cumple 92 años.
- ¡Pus por eso, cabrón! ¡Ese wey ya se va a torcer! ¿Ya para qué lo ves?
- ¡Bueno, wey, que si los comparo en estado de salud, la neta se me hace que tú te andas torciendo primero, cabrón!
- ¡Pus ai´stá, wey, con mayor razón, cáele al rato!
Total que la reunión familiar se fue de volada entre carcajadas y tragos con los primos y tíos. A las 7, más o menos, emprendimos todos la graciosa huida y jalamos a nuestras obligaciones con la sociedad de los ociosos. Yo me trasladé hasta la Anzures para refinarme unos buenos trozos de carne asada. Ahí fue donde todo comenzó y terminó por definir el evento.
La casa era en sí una antigüedad que albergaba, a su vez, una gran cantidad de antigüedades que el padre del anfitrión tenía a bien coleccionar; algo así como una muñeca rusa grandota en cuyo interior encuentras replicas a menor escala. El lugar era lúgubre debido a la falta de iluminación y la humareda que parecía llenar todo el ambiente de cochambre. Los comensales mostraban sus hundidos y brillantes ojos, y lucían las extraviadas sonrisas de la satisfacción efímera que en pocas horas retornaría y acabaría prolongándose durante toda la noche, hasta que el cuerpo ya no diera más.
Saludé a los conocidos míos acompañados de los suyos, que ya me eran familiares en consecuencia. Casi pasan diez años sin vernos y todo en su vida se mantiene igual, con el detalle de que ahora el dinero que gastan lo ganan por sí mismos.
- ¡Cómete algo, Sfera, chúpale! ¡Ponte mal! ¡Estoy muy drogado, ay, qué hermoso! Dentro de quince días vamos a tocar en una bodega por Santa Fe. También vamos a llevar este pedo. Quiero que ustedes vayan a tocar un rato, si quieren, o si no, nomás que vengan a ponerse mal. ¡Vamos a ponernos todos muy mal!
Mientras me decía todo eso, su mirada mostraba estar acostumbrada a ese estado de su única felicidad. Por otro lado, los demás continuaban en lo suyo, no muy lejos de nosotros, bailando, tambaleándose, deglutiendo pedazos de carne grasosa, escurriendo el jugo por sus bocas, siempre al bordé del riesgo empañados en su delirio. Alcohol, música, mota, humo, carne, todo alrededor de un sólo lugar: el pesebre.
El pesebre fue el motivo de todo. En torno a él giraron todos los eventos de la noche, incluidos los cantos y bailes. Ocupó de principio a fin el lugar principal y cuando se agotó, todos partimos. Me encontraba junto al Cheng, quien preparaba carnes y quesadillas sin sentido alguno, entonces volteó y me dijo
- ¿Qué vas a querer del pesebre, m´ijo?
- ¡Jajaja! Dame otra carne, estelar. ¿Cómo que pesebre?
- Este es el pesebre (cabeceando y tambaleándose), porque es el lugar donde se reunen las bestias.
Apenas comenzaba la noche cuando recibí la explicación. A las tres de la mañana caminabamos por una calle al norte de la ciudad, uno orinaba mientras andaba y los que quedábamos empezamos a tragar aguardiente curado. Al poco rato unos se marchaban hacia el otro lado de la ciudad, alguien vomitaba toda la carne del día y yo presentía la crudota que me atacó a la mañanana siguiente. Ni qué decir del memorándum: "No se les olvide, dentro de quince días. ¡De veras, vengan a ponerse mal! Ahí vamos a poder armar otra vez todo este pedo (señalando al pesebre), porque está techado pero hay ventilación". ¡Menos mal -pienso para mí mismo-, me preocupaba el hecho de morir intoxicado!
-¿No vas a venir a mi carne asada, mierda?
- Es cumpleaños de mi abuelo, carnal. Cumple 92 años.
- ¡Pus por eso, cabrón! ¡Ese wey ya se va a torcer! ¿Ya para qué lo ves?
- ¡Bueno, wey, que si los comparo en estado de salud, la neta se me hace que tú te andas torciendo primero, cabrón!
- ¡Pus ai´stá, wey, con mayor razón, cáele al rato!
Total que la reunión familiar se fue de volada entre carcajadas y tragos con los primos y tíos. A las 7, más o menos, emprendimos todos la graciosa huida y jalamos a nuestras obligaciones con la sociedad de los ociosos. Yo me trasladé hasta la Anzures para refinarme unos buenos trozos de carne asada. Ahí fue donde todo comenzó y terminó por definir el evento.
La casa era en sí una antigüedad que albergaba, a su vez, una gran cantidad de antigüedades que el padre del anfitrión tenía a bien coleccionar; algo así como una muñeca rusa grandota en cuyo interior encuentras replicas a menor escala. El lugar era lúgubre debido a la falta de iluminación y la humareda que parecía llenar todo el ambiente de cochambre. Los comensales mostraban sus hundidos y brillantes ojos, y lucían las extraviadas sonrisas de la satisfacción efímera que en pocas horas retornaría y acabaría prolongándose durante toda la noche, hasta que el cuerpo ya no diera más.
Saludé a los conocidos míos acompañados de los suyos, que ya me eran familiares en consecuencia. Casi pasan diez años sin vernos y todo en su vida se mantiene igual, con el detalle de que ahora el dinero que gastan lo ganan por sí mismos.
- ¡Cómete algo, Sfera, chúpale! ¡Ponte mal! ¡Estoy muy drogado, ay, qué hermoso! Dentro de quince días vamos a tocar en una bodega por Santa Fe. También vamos a llevar este pedo. Quiero que ustedes vayan a tocar un rato, si quieren, o si no, nomás que vengan a ponerse mal. ¡Vamos a ponernos todos muy mal!
Mientras me decía todo eso, su mirada mostraba estar acostumbrada a ese estado de su única felicidad. Por otro lado, los demás continuaban en lo suyo, no muy lejos de nosotros, bailando, tambaleándose, deglutiendo pedazos de carne grasosa, escurriendo el jugo por sus bocas, siempre al bordé del riesgo empañados en su delirio. Alcohol, música, mota, humo, carne, todo alrededor de un sólo lugar: el pesebre.
El pesebre fue el motivo de todo. En torno a él giraron todos los eventos de la noche, incluidos los cantos y bailes. Ocupó de principio a fin el lugar principal y cuando se agotó, todos partimos. Me encontraba junto al Cheng, quien preparaba carnes y quesadillas sin sentido alguno, entonces volteó y me dijo
- ¿Qué vas a querer del pesebre, m´ijo?
- ¡Jajaja! Dame otra carne, estelar. ¿Cómo que pesebre?
- Este es el pesebre (cabeceando y tambaleándose), porque es el lugar donde se reunen las bestias.
Apenas comenzaba la noche cuando recibí la explicación. A las tres de la mañana caminabamos por una calle al norte de la ciudad, uno orinaba mientras andaba y los que quedábamos empezamos a tragar aguardiente curado. Al poco rato unos se marchaban hacia el otro lado de la ciudad, alguien vomitaba toda la carne del día y yo presentía la crudota que me atacó a la mañanana siguiente. Ni qué decir del memorándum: "No se les olvide, dentro de quince días. ¡De veras, vengan a ponerse mal! Ahí vamos a poder armar otra vez todo este pedo (señalando al pesebre), porque está techado pero hay ventilación". ¡Menos mal -pienso para mí mismo-, me preocupaba el hecho de morir intoxicado!
lunes 12 de marzo de 2007
Benvenuti tutti!
Hijos de la sociedad de consumo, herederos del confort del auge tecnológico y, en consecuencia, del descreimiento sobre los más altos valores de nuestra sofocada modernidad. Aún nos movemos como ella: bestias insensatas que patalean y dan de giros en sus vuelcos por mantenerse con vida, enredados en la manía sobre nosotros mismos, pretendiendo creer sin el más mínimo rasgo de entusiasmo. Llamémonos como queramos: sociedad posmoderna, cultura de la imagen, consumistas, nuevos románticos deprimidos. Finalmente, nuestros actos nos describen y nos definirán si ha de haber un futuro.
Sociedad del aburrimiento. Tendencia a la decadencia y, por tanto, a la destrucción. Generación perdida en un placer que nunca se cumple. Todos los tiempos han tenido su decadencia: nosotros sólo repetimos esa época de todas las épocas. Pero que nadie se moleste en levantarnos, pues, ante todo, somos la carcajada prolongada, escandalosa, grosera, grotesca, descarada y fácil. Como la calaverita de azúcar con el nombre de la humanidad: sonriente, jovial, fría, ausente, dulce, un simple juguete.
¡Adelante, pues! ¡Platiquemos nuestros juegos!
Sociedad del aburrimiento. Tendencia a la decadencia y, por tanto, a la destrucción. Generación perdida en un placer que nunca se cumple. Todos los tiempos han tenido su decadencia: nosotros sólo repetimos esa época de todas las épocas. Pero que nadie se moleste en levantarnos, pues, ante todo, somos la carcajada prolongada, escandalosa, grosera, grotesca, descarada y fácil. Como la calaverita de azúcar con el nombre de la humanidad: sonriente, jovial, fría, ausente, dulce, un simple juguete.
¡Adelante, pues! ¡Platiquemos nuestros juegos!
Etiquetas:
decadencia,
posmodernidad,
sociedad de consumo
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