Este es el marzo número noventa y dos que mi abuelo ve pasar en su vida. El día de su fiesta no podía faltar a la cita anual de principios del mes. De pronto, la voluntad oculta de la dolce vita irrumpió con su ya conocido estrépito. Sonó mi celular y entré en comunicación con las acostumbrados comparsas:
-¿No vas a venir a mi carne asada, mierda?
- Es cumpleaños de mi abuelo, carnal. Cumple 92 años.
- ¡Pus por eso, cabrón! ¡Ese wey ya se va a torcer! ¿Ya para qué lo ves?
- ¡Bueno, wey, que si los comparo en estado de salud, la neta se me hace que tú te andas torciendo primero, cabrón!
- ¡Pus ai´stá, wey, con mayor razón, cáele al rato!
Total que la reunión familiar se fue de volada entre carcajadas y tragos con los primos y tíos. A las 7, más o menos, emprendimos todos la graciosa huida y jalamos a nuestras obligaciones con la sociedad de los ociosos. Yo me trasladé hasta la Anzures para refinarme unos buenos trozos de carne asada. Ahí fue donde todo comenzó y terminó por definir el evento.
La casa era en sí una antigüedad que albergaba, a su vez, una gran cantidad de antigüedades que el padre del anfitrión tenía a bien coleccionar; algo así como una muñeca rusa grandota en cuyo interior encuentras replicas a menor escala. El lugar era lúgubre debido a la falta de iluminación y la humareda que parecía llenar todo el ambiente de cochambre. Los comensales mostraban sus hundidos y brillantes ojos, y lucían las extraviadas sonrisas de la satisfacción efímera que en pocas horas retornaría y acabaría prolongándose durante toda la noche, hasta que el cuerpo ya no diera más.
Saludé a los conocidos míos acompañados de los suyos, que ya me eran familiares en consecuencia. Casi pasan diez años sin vernos y todo en su vida se mantiene igual, con el detalle de que ahora el dinero que gastan lo ganan por sí mismos.
- ¡Cómete algo, Sfera, chúpale! ¡Ponte mal! ¡Estoy muy drogado, ay, qué hermoso! Dentro de quince días vamos a tocar en una bodega por Santa Fe. También vamos a llevar este pedo. Quiero que ustedes vayan a tocar un rato, si quieren, o si no, nomás que vengan a ponerse mal. ¡Vamos a ponernos todos muy mal!
Mientras me decía todo eso, su mirada mostraba estar acostumbrada a ese estado de su única felicidad. Por otro lado, los demás continuaban en lo suyo, no muy lejos de nosotros, bailando, tambaleándose, deglutiendo pedazos de carne grasosa, escurriendo el jugo por sus bocas, siempre al bordé del riesgo empañados en su delirio. Alcohol, música, mota, humo, carne, todo alrededor de un sólo lugar: el pesebre.
El pesebre fue el motivo de todo. En torno a él giraron todos los eventos de la noche, incluidos los cantos y bailes. Ocupó de principio a fin el lugar principal y cuando se agotó, todos partimos. Me encontraba junto al Cheng, quien preparaba carnes y quesadillas sin sentido alguno, entonces volteó y me dijo
- ¿Qué vas a querer del pesebre, m´ijo?
- ¡Jajaja! Dame otra carne, estelar. ¿Cómo que pesebre?
- Este es el pesebre (cabeceando y tambaleándose), porque es el lugar donde se reunen las bestias.
Apenas comenzaba la noche cuando recibí la explicación. A las tres de la mañana caminabamos por una calle al norte de la ciudad, uno orinaba mientras andaba y los que quedábamos empezamos a tragar aguardiente curado. Al poco rato unos se marchaban hacia el otro lado de la ciudad, alguien vomitaba toda la carne del día y yo presentía la crudota que me atacó a la mañanana siguiente. Ni qué decir del memorándum: "No se les olvide, dentro de quince días. ¡De veras, vengan a ponerse mal! Ahí vamos a poder armar otra vez todo este pedo (señalando al pesebre), porque está techado pero hay ventilación". ¡Menos mal -pienso para mí mismo-, me preocupaba el hecho de morir intoxicado!
miércoles, 14 de marzo de 2007
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4 comentarios:
¿Qué hay un nuevo perfil del individuo? personalizado, narcisista, sediento de sensaciones inmediatas...Lo bueno es que esto es ficción pura
Hace un par de meses un viejo amigo mío recibió una llamada a la dos de la mañana. Lo buscaba un antiguo compañero de clase para invitarlo a una reunión con otros antiguos compañeros.
Era el reencuentro de los ñoños: aquí el que había hostigado a una mujer hasta cansarla, allá el que contaba chistes sin gracia, y más allá el único gran héroe de mi generación: ese que con tijeras y copias a color falsificaba su boleta mensual de calificaciones, el que convertía su fracaso en éxito, el que no sabía sumar y quería ser ingeniero.
¿De qué hablaban aquella noche? De cómo seducir a una mujer, del arte de contar chistes, del necesario comportamiento ético frente a los mayores. Un fiasco.
Mi amigo declinó la invitación. "¿Sabes?", le dijo al que llamaba,"mi mujer está esperando a mi primer hijo, y tengo que levantarme mañana temprano." La voz del otro lado de la línea lo felicitó y después colgaron.
"¿Quién era?", le preguntó adormilada su mujer. "Nadie", respondió él. "Número equivocado."
Mi muy estimado Aldo Iván:
Primero, gracias por compartir en este espacio.
Todos tenemos nuestro simpatías, nuestro acosador y nuestra doble moral. Quizá huimos de eso que no queremos admitir de nuestro y si viene del pasado queremos que ahí se quede y cuando nos llama preferimos contestarle como a un número equivocado. Yo tuve una visión de eso recientemente en una pequeña reunión y preferí dejarlo en mi memoria como una pesadilla.
Nos curamos en salud, pero me preguntó: ¿Qué dirás de mí y qué diré de ti en cinco o diez años?
Querida reportera novata:
Este individuo es el mismo de todas las epocas de la historia: somos tú, yo y todos los de siempre. Todos uno particular y todos uno mismo, idénticos en nuestro egoismo, distintos en el modo.
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