lunes, 6 de agosto de 2007

Y se hizo hombre y fue crucificado para el perdón de los pecados

La última vez que lo vi y pude hablar con él, al final, tuvieron que sacarme cargando del lugar y él no me dejaba de mirar, afligido, mientras yo le repetía una y otra vez de manera dramática:

- ¡Soy tu hijo! ¿Por qué me has abandonado?

Todos, naturalmente se reían y yo hasta llegué a disfrutarlo. Momentos después, fuera de su vista comencé a desafiar a todos, les injurié, les maldije, en fin, hasta les golpeé. Yo lo entendí así: la ausencia de Dios frente a mí me había convertido en un ser salvaje y violento sin consideraciones de ningún tipo para con el resto de los de nuestra estipe. No lo sé de cierto, pero me imagino que él me miraba desde las alturas, instalado en el balcón del departamento donde toda esa borrachera había empezado. Él, siempre mirándonos desde lo alto.

Nunca hemos sido amigos, pero tenemos uno en común a traves del cual nos conocimos y llegamos a vernos. Desde su aparición no ha resultado un sujeto ordinario. La primera vez que se levantó para decir su nombre frente a un grupo en el Bachilleres 2 decidió autodenominarse "Juan de Dios", de ahí fue "dios" pa todo y pa todos. De eso ya tiene un buen rato, pero hace unos meses que andábamos por ahí vagando, terminamos en una pachanga donde no conocíamos a nadie mas que a un cuate que venía de Australia a andar de vacas por acá, y así, dos tres güeyes más por ahí que lo conocíamos y párale de contar. El resto era la banda reunida chupando, bailando y echando desmadre.

La noche se fue ligera entre caguamas en vaso (tamaño caguama, por supuesto) hasta ya entrada la madrugada, donde llegamos al punto de retorcernos con "Rock the Casbah" y otras rolas ochenteras. Había en esta convivencia una especie de emoción que contradecía a su vez el dejo de placer instantáneo e insignificante que ésta revivía de nuestra adolescencia prototípicamente equis. De pronto, aquella anti-identidad particular que identificó una generación entera, volvió ante mis ojos con ese sabor que acompaña a la nostalgia; fue volver a sentir la desazón enfadada de tener dieciseis a diecinueve años frente al mundo al final de los noventa; la esperanza de vivir sin esperar nada durante tres o diez años procurando morir a cada instante; el deseo vehemente que desconecta al sujeto del flujo cotidiano dejándolo en calidad de cuerpo, cual caparazón o insecto reseco y deshidratado tras quedar atrapado entre el medallón y el fieltro de un automóvil, convertido en momia indigna que nunca comprendió cómo es que teniendo frente a sí la salida, esa nada aparente de un cristal nunca le dejó salir, y ahora mira con la dolorosa mirada del sin dolor.

Sin embargo, lo que para mí es recuerdo, en los ojos de Dios es aún el día a día. Instalado en su ruina, convencido de lo malogrado de su obra, aún conserva la soberbia de proclamarla suya y de saber que eso que lo tiene así es lo mejor que puede esperar de sí mismo. Mira y no llora, mas puede hacerte llorar con su mirada ante algo que le es indiferente y, por eso mismo, le duele y le hace llorar cuando, al final de la peda, tras una visión de puesta de sol en un amanecer a las 6 de la mañana, bajo el puente del cruce entre río Churubusco y casi avenida Universidad, después de reafirmar su voto de no comer carne porque con lo que se alimenta a una vaca se podría alimentar una buena cantidad de personas que no tienen acceso a comprar carne para comer, en un acto que podría ser tomado por locura considerando las largas horas sin alimento que precedían a ese momento así como el hecho de que estamos hablando de las famosísimos Chupacabras, se subió al auto de nuestro anfitrión y, mientras éste nos conducía a nuestros hogares, derramó sus primeras palabras al respecto de su vida etérea amenazada por los fuegos de este infierno al que siempre había mirado hacia abajo y con desprecio: el amor, la vida cómoda, la necesidad: la necesidad de amor y la necesidad de su amor, la comodidad del amor y la comodidad de su amor, el amor a la comodidad y el amor de su amor a la comodidad... la necesidad, la necesidad... y la necedad, siempre la necedad. Y lloró.

Las únicas palabras precisas que recuerdo de aquella ocasión, otra vez, como las primeras que recordé al principio de esta historia, fueron "¡no mames!, y ¿sabes lo que yo siento, cabrón?" Con eso, la deidad se desplomaba inundada por lo único que, quizá, no puede controlar: su sentimiento por sí mismo ante la tentación de lo que lo tienta a sentir y entrar en el mundo de los pedestres. Eso fue justo antes de que se despidiera añorando entrar a la casa de los padres de su novia, ese cielo confundido con infierno en donde vive con ella, para poder darse un gallo.

Nuestro anfitrión, a quien también podríamos considerar apóstol, concluyó la eucaristía diciéndome:

- ¡No mames, wey, y nosotros nos quejamos, wey! Pero ahí es donde uno dice: ¡no mames!, ¿a nosotros qué nos ha faltado?

Y yo, embriagado como estaba de la sangre derramada en esa noche, casi le creí.

¡Salud, en el nombre de Dios! O, como diría otro sabio "¡Salud, salud, salud!"
(He vuelto)