miércoles, 14 de marzo de 2007

El Pesebre

Este es el marzo número noventa y dos que mi abuelo ve pasar en su vida. El día de su fiesta no podía faltar a la cita anual de principios del mes. De pronto, la voluntad oculta de la dolce vita irrumpió con su ya conocido estrépito. Sonó mi celular y entré en comunicación con las acostumbrados comparsas:

-¿No vas a venir a mi carne asada, mierda?

- Es cumpleaños de mi abuelo, carnal. Cumple 92 años.

- ¡Pus por eso, cabrón! ¡Ese wey ya se va a torcer! ¿Ya para qué lo ves?

- ¡Bueno, wey, que si los comparo en estado de salud, la neta se me hace que tú te andas torciendo primero, cabrón!

- ¡Pus ai´stá, wey, con mayor razón, cáele al rato!

Total que la reunión familiar se fue de volada entre carcajadas y tragos con los primos y tíos. A las 7, más o menos, emprendimos todos la graciosa huida y jalamos a nuestras obligaciones con la sociedad de los ociosos. Yo me trasladé hasta la Anzures para refinarme unos buenos trozos de carne asada. Ahí fue donde todo comenzó y terminó por definir el evento.

La casa era en sí una antigüedad que albergaba, a su vez, una gran cantidad de antigüedades que el padre del anfitrión tenía a bien coleccionar; algo así como una muñeca rusa grandota en cuyo interior encuentras replicas a menor escala. El lugar era lúgubre debido a la falta de iluminación y la humareda que parecía llenar todo el ambiente de cochambre. Los comensales mostraban sus hundidos y brillantes ojos, y lucían las extraviadas sonrisas de la satisfacción efímera que en pocas horas retornaría y acabaría prolongándose durante toda la noche, hasta que el cuerpo ya no diera más.

Saludé a los conocidos míos acompañados de los suyos, que ya me eran familiares en consecuencia. Casi pasan diez años sin vernos y todo en su vida se mantiene igual, con el detalle de que ahora el dinero que gastan lo ganan por sí mismos.

- ¡Cómete algo, Sfera, chúpale! ¡Ponte mal! ¡Estoy muy drogado, ay, qué hermoso! Dentro de quince días vamos a tocar en una bodega por Santa Fe. También vamos a llevar este pedo. Quiero que ustedes vayan a tocar un rato, si quieren, o si no, nomás que vengan a ponerse mal. ¡Vamos a ponernos todos muy mal!

Mientras me decía todo eso, su mirada mostraba estar acostumbrada a ese estado de su única felicidad. Por otro lado, los demás continuaban en lo suyo, no muy lejos de nosotros, bailando, tambaleándose, deglutiendo pedazos de carne grasosa, escurriendo el jugo por sus bocas, siempre al bordé del riesgo empañados en su delirio. Alcohol, música, mota, humo, carne, todo alrededor de un sólo lugar: el pesebre.

El pesebre fue el motivo de todo. En torno a él giraron todos los eventos de la noche, incluidos los cantos y bailes. Ocupó de principio a fin el lugar principal y cuando se agotó, todos partimos. Me encontraba junto al Cheng, quien preparaba carnes y quesadillas sin sentido alguno, entonces volteó y me dijo

- ¿Qué vas a querer del pesebre, m´ijo?

- ¡Jajaja! Dame otra carne, estelar. ¿Cómo que pesebre?

- Este es el pesebre (cabeceando y tambaleándose), porque es el lugar donde se reunen las bestias.

Apenas comenzaba la noche cuando recibí la explicación. A las tres de la mañana caminabamos por una calle al norte de la ciudad, uno orinaba mientras andaba y los que quedábamos empezamos a tragar aguardiente curado. Al poco rato unos se marchaban hacia el otro lado de la ciudad, alguien vomitaba toda la carne del día y yo presentía la crudota que me atacó a la mañanana siguiente. Ni qué decir del memorándum: "No se les olvide, dentro de quince días. ¡De veras, vengan a ponerse mal! Ahí vamos a poder armar otra vez todo este pedo (señalando al pesebre), porque está techado pero hay ventilación". ¡Menos mal -pienso para mí mismo-, me preocupaba el hecho de morir intoxicado!

lunes, 12 de marzo de 2007

Benvenuti tutti!

Hijos de la sociedad de consumo, herederos del confort del auge tecnológico y, en consecuencia, del descreimiento sobre los más altos valores de nuestra sofocada modernidad. Aún nos movemos como ella: bestias insensatas que patalean y dan de giros en sus vuelcos por mantenerse con vida, enredados en la manía sobre nosotros mismos, pretendiendo creer sin el más mínimo rasgo de entusiasmo. Llamémonos como queramos: sociedad posmoderna, cultura de la imagen, consumistas, nuevos románticos deprimidos. Finalmente, nuestros actos nos describen y nos definirán si ha de haber un futuro.

Sociedad del aburrimiento. Tendencia a la decadencia y, por tanto, a la destrucción. Generación perdida en un placer que nunca se cumple. Todos los tiempos han tenido su decadencia: nosotros sólo repetimos esa época de todas las épocas. Pero que nadie se moleste en levantarnos, pues, ante todo, somos la carcajada prolongada, escandalosa, grosera, grotesca, descarada y fácil. Como la calaverita de azúcar con el nombre de la humanidad: sonriente, jovial, fría, ausente, dulce, un simple juguete.

¡Adelante, pues! ¡Platiquemos nuestros juegos!